a piegui hay que ir

a piegui hay que ir

Ahora que hemos hecho ciencia del marketing se podrá decir con fundamentos que el madrileño estanco de Félix Boix, tan cerca de Plaza de Castilla, es un despropósito comercial. No se anuncia con letreros desbocados. Tiene, además, escaparate, un espacio incómodo para las tiendas que venden, en sustancia, lo mismo desde 1990.

En el estanco Piegui el visitante se encuentra una amplia sala, diáfana, y al fondo, con cristales, esa disposición estanca –valga aquí esta palabra– que puso de moda alguna empresa allá por los ochenta y que se dedicó a aislar –como si fueran sucursales de una caja rural– a tantos estancos, farmacias y a no pocos taxistas. Todos los establecimientos con estas arquitecturas –observe el lector– tienen siempre una abertura de pago cuya lógica es más parecida a la del intercambio de prisioneros que a la de una amistosa transacción monetaria. Si encima el pago es electrónico la cosa se alambica.

Pues bien, el estanco Piegui es uno de los mejores de Madrid. Detrás de ese mostrador suele estar Ignacio y últimamente su hijo –que ha salido con el mismo encanto locuaz del padre y una inicial erudición tabaquera que son muy de agradecer. Allí están ambos, prodigando iguales sonrisas para quien quiere comprar unos filtros que para quien vaya a dejarlos sin Cohibas. Sus clientes les llaman por teléfono. Casi les piden hora.

La cava de Piegui está semioculta. Si conoce al comprador –y te conoce a la segunda vez– te franquea el paso y levanta la clausura. Entonces puedes ver los armarios-humidor que guardan los cigarros. Cada cual está dentro de su caja. Y se puede empezar a experimentar la ceremonia fantástica de decirte qué cigarros buenos tiene ese día. Como en las casas de comida con cocina de mercado, Ignacio te habla de las cajas “que le han salido buenas” (porque habrá que hablar de esto otro día pero cada puro es único, cada uno es una apuesta). La mayoría las ha probado él antes. Por esta maravilla te puede hablar de que ha abierto una caja de Montecristo especial nº1, y uno se lleva esos cigarros que quizá no hubiera escogido motu proprio. Abrir las cajas e inundarse el espacio del olor del tabaco es todo uno.

Se comprende la importancia de que los cigarros estén donde tienen que estar, en sus cajas. Por supuesto que Piegui tiene una oferta amplísima de habanos de forma que uno se pueda llevar lo que quiera, sin dejarse aconsejar. Ignacio, para los que disfrutamos cambiando de tamaños y formas, nos traza recorridos por el habano: para los que saben, para los que no saben y para los que no saben pero llevan a quien sabe. De allí probamos una selección gloriosa de mejor de Partagás –lo moderno y lo pasado– o una selección de Churchill (Romeo y Julieta y H. Upmann, sobre todo) o de cigarros con un cepo u otro.

Ignacio es erudito de los puros como Lope lo era en el querer: habla de lo que prueba a diario. Lleva años viviendo y fumando y ya se sabe todas las historias. Ha estado en Cuba y en medio mundo. Se ha licenciado en lo que merece la pena y en lo que es filfa. Trata confiadamente con extremada afabilidad. Le ha sucedido de todo. Es sincero: cuenta los desastres del habano –que los hay y suelen ser chapuzas más que desastres. En Piegui no se habla de cigarros porque se quiera vender, se habla de cigarros porque se quiere fumar.

Como todos los de su gremio, uno piensa que lo ha pasado mal en las últimas fechas. Tiene algún cigarro no cubano pero no habla mucho de ellos porque no es su mundo. Pero como es un buen fumador y una buena persona, está siempre abierto a probar aquello que se le recomiende. Abren a mediodía porque fumar después de comer es serio. A Piegui hay que ir.

Estanco Piegui

C/ Félix Boix, 4 (Madrid)

913590527

Si te gusta, compártelo:
Facebook
Facebook
INSTAGRAM