alcoholes y tabacos: una introducción

alcoholes y tabacos: una introducción

He aquí una cuestión controvertida. En esta entrada sólo haremos una necesaria introducción al tema. El mundo del cigarro, por ser complejo y excelente, admite opinión. Lo primero que hay que decir es que fumar y beber son, en principio, acciones complementarias hasta el punto de que ninguna es completa si no tiene a la otra. Beber nos facilita un gusto nuevo para fumar. Y, sobre todo, evita la saturación.

Esto es tan así que mejor que no tomar nada es beber agua (he aquí la primera doctrina no pacífica). En el desesperado caso de tener que hacerlo, nuestra experiencia dicta que debe evitarse el agua con gas y, en lo posible, hay que buscar agua sin minerales, destilada incluso.

Por otro lado, algunos opinan que fumar resta excelencia a lo que se bebe. Sobre este asunto es preciso hacer notar que quienes eso dicen suelen ser no fumadores. Y si bien es cierto, también lo es que la combinación de ambas nos ofrece una síntesis superadora en la que cada uno de los elementos pierde en favor de la globalidad. Además fumar satura el gusto inicial pero por contraste nos haces más sensibles con los gustos finales, cuando saboreamos prácticamente con la garganta –permítasenos ser poco técnicos. Una síntesis superadora.

En estas páginas hablaremos de diversas combinaciones porque hay quien no se perdona un armañac o un coñac, mientras que otros son más de whisky o, en tiempos de tragos largos, de gintonic. Sin olvidar los amaros, los aguardientes, la chartreuse y toda la combinatoria que la coctelería más clásica o más gamberra nos ofrece. Y en cada uno de esos elementos –whisky de malta, ligero, con sabor a turba– hay modulaciones que no podemos pasar por alto en absoluto. Además deberemos hablar de las mil posibilidades de los vinos.

Todo ello se completa con la estación del año: no es lo mismo buscar el amparo refrescante de un pimms en verano que el de un ponche en invierno. Y hay que tener en cuenta el momento del día y sus circunstancias: después de desayunarse parece más apropiado un café ligero o un zumo de naranja encabezado con un chorrito de manzanilla mientras que las meriendas pueden aconsejar quizá un vino de meditación, una malvasía viejísima o esos moscateles portugueses que quitan el sentido. Y si es tras la comida no se puede ser ajeno a lo que se haya comido. En fin, hablamos, como se ve, de un mundo complejísimo sobre el que iremos ofreciendo nuestra limitada –pero gracias a Dios extensa– experiencia.

 

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