nuestras mejores mañanas

nuestras mejores mañanas

Fumar se puede a cualquier hora y en casi cualquier circunstancia. No faltan testimonios ejemplares al respecto. Ahí está Winston Churchill, a las puertas del sanatorio, porteado en una camilla y fumando un puro con una mano mientras saluda al pueblo con la otra. No hace falta decir que eran otros tiempos.

El momento que ha suscitado más consenso histórico para fumar, con todo, no han sido las convalecencias, sino las sobremesas. Tenemos tantos recuerdos gloriosos de restaurantes, cuando –con la botella de vino ya cadáver– el camarero llegaba con un humidor rebosante de cigarros y, totalmente comprensivo con el torpor posprandial, se retiraba a un segundo lugar para encendernos el habano. Entretanto, ya había comenzado a aguarse el whisky de malta. Estos seguramente sean recuerdos de un tiempo ya tan inalcanzable como el del propio Winston Churchill. La arquitectura burguesa no contempló la necesidad de proveer a las casas de una sauna –hoy hablaríamos de jacuzzi–, ni de una habitación para el crossfit, y sin embargo las mejores viviendas no dejaban de tener su salón de fumar, donde se anudaban y desanudaban matrimonios, buenos negocios, conspiraciones para el golpe de Estado.

Pese al prestigio y el placer del cigarro de la sobremesa, uno prefiere ahora el cigarro de la mañana, con el gusto virgen tras la noche: ahí, esa fábrica tan sutil de los aromas de un buen puro puede ser el contraveneno idóneo de la vejación de levantarse, o bien la rúbrica que bendice las horas de paseo por una ciudad desconocida y a estrenar. Espléndidos cigarros de paseo. En cuanto al cigarro doméstico, no siempre se tiene la oportunidad de poder escribir desde casa o de poder dedicar unas horas a leer. En algún lugar de sus fantásticos diarios, Valentí Puig explica cómo sus mejores cigarros han sido los Montecristo al comienzo del día. Para ese trance cualquier cigarro es adecuado aunque yo prefiero los de mayor delicadeza: algún Hoyo de Monterrey, un Epicure Especial (o los Epicure de Luxe), y si la mañana es larga y el tiempo de trabajo lo permite, no hay mejor cosa que fumar una doble corona de Hoyo, cigarro poco frecuente, cigarro antiguo, pero ligado con la sabiduría de los ángeles: dos horas de equilibrio sostenido, de una sutileza que se repite en variaciones sin final. Para estas circunstancias uno aconseja beber un café suave y aromático: algunos cafés de Panamá –cafés en crudo, claro– o incluso cafés de olla. Solos o con una nube de leche. Y no hay trabajo intelectual que no se vea enriquecido por el fondo de reflexión en que nos sumen esos cigarros. Serán nuestras mejores mañanas.

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