diario de un fumador (I)

diario de un fumador (I)

Inauguramos, con este artículo, la sección “Diario de un fumador” en donde anotaremos, entre cigarro y cigarro, observaciones de temporada.

—EL VERANO del 16 perdurará como el verano que fumamos viendo a Nadal, el del interregno con gobierno en funciones. Fue el agosto de los cincuenta de Cohiba y en el que recordamos las primeras veces que los fumamos: unos cigarros que sabían a exclusividad (y por entonces esa palabra era seria) y a mieles del trópico. Nos hacían sentirnos embajadores. Estos días están siendo testigos de nuestros devaneos combinatorios, de esa noche entusiasta en que pensamos —todos tenemos errores— que al Connecticut Grand Robusto de Perdomo podía irle bien, por ejemplo, un Jägermeister. El verano que probamos un Red Bull con la misma prevención que si estuviéramos entrando en una clase de zumba. Por el contrario, hay veleidades que sí nos traen recompensa: dos o tres cigarros de My Father Cigars, unos Oliva que quitan el sentido.

—POR FIN nos decidimos a llevar con gallardía un panamá, esa camisa de lino estampado. Constatamos la recuperación de la alegría de vivir tras el hoyo de la crisis: media hora para tener una mesa de plástico en la orilla de una playa. La sopa caliente llega fría; la sopa fría se ha acabado. Perros de Paulov a pie de costa: buscar nuestro “porta puros” en cuanto sentimos que alguien se ha encendido un habano al otro lado de la terraza.

—LLEGAR a la playa y ver que nuestra cava está cerrada por reforma. Horror. Vivimos en momentos en que uno no puede preguntar al primero que pase por la mejor alternativa para hacerse con puros. Paradojas del calor: en invierno vivimos con la obsesión de la temperatura del vino y la humedad de los cigarros. En la playa los cigarros están humedecidos y el vino, invariablemente, lo sirven frío. Nos sugieren un guiso de garbanzos con sobrasada y, a la vez, un “vino fresco de la tierra”: señores, coherencia.

—DESPUÉS de tantos fuegos artificiales en el mercado del cigarro, volvemos a fumar lo que nos gusta, nuestros Hoyos, algún Piedra. Muchos años después, hemos vuelto a fumar en el cine, en uno de verano. Observación cinéfila; en el cine negro americano bebían, pero no fumaban puros. En las comedias clásicas de los cuarenta, fumaban cigarros, pero no bebían. ¿Es Marlon Brando el fumador más elegante del cine? ¿Orson Welles?

—HEMOS recuperado las contraseñas de Facebook, y de Twitter y los usamos con más soltura y tino de lo que nos gusta reconocer. Horror porque nuestra hija ya solo habla de Instagram. Tras ver dos noticias de incendios, apagamos los puros con el cuidado de un neurocirujano.

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