diario de un fumador (II)

diario de un fumador (II)

—LARGOS PASEOS con un lancero por el puerto deportivo, ya desierto. Los barcos cubiertos, las dársenas ocupadas: todo apunta al final de la escapada. La cola del verano nos deja cigarros melancólicos, como estos atardeceres en los que sangra el cielo y nuestra alma.

—RELEEMOS a Miguel Rodríguez-Ferrer, en su fantástico El tabaco habano, que ya hemos citado. “Hoy tienen caballos andadores los hombres, machetes lujosos, espuelas de plata, chupas y casacas de género fino, y algunos hasta usan carruajes. Sus mujeres ponen todo su afán en imitar las modas de las señoras de La Habana aunque con más baratas telas, usando sillines ingleses para los caballos que montan y trenes lujosos para sus cabalgaduras. Testigos los bailes y las ferias de Consolación, San Juan y Martínez y Pinar de Río. (Hay en sus banquetes, hoy) porción de confituras, licores, cerveza y sobre todo champaña”. Rodríguez-Ferrer habla del progreso de los productores de tabaco a mediados del siglo XIX. Es fantástico imaginar a esas familias cenándose los domingos con unas botellas de la Viuda Clicquot mientras al fondo alguien, quizá, canta una guajira.

—POCAS COSAS nos animan más que ver un cenicero público, en la puerta de algún establecimiento, con un puro humeante. Nos trae a la memoria esos tiempos en que el mobiliario estaba pensado para fumar, como esos grandes ceniceros en la puerta del parlamento húngaro, en donde cada hendidura tiene grabado el número del escaño para que sus señorías no fumen el cigarro ajeno.

—EL PURO QUE ves, no es puro porque lo veas, es puro porque te ve. El puro de una noche de verano. Habanos, nada más, el resto es selva.

—CENA EN una arrocería que es antigua para ser moderna y moderna para ser antigua. Drama del cortapuros. Tenemos en la oficina, en el coche, en la mitad de nuestras chaquetas, en el albornoz… pero siempre falta en el momento inesperado. Constatamos que nada se puede controlar, que sólo necesitamos algo cuando no lo tenemos. Nunca confesaremos -salvo severa coacción- las cosas que hemos tenido que hacer en esas circunstancias para cortar un puro.

—RECONOCERSE por los cigarros. Secretas complicidades. En un gordo se confía. Un fumador ha ganado ya el 50% de nuestra amistad.

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