el primer estanco

el primer estanco

Nuestro primer bar fue Balmoral. Por entonces también frivolizábamos con las caipirinhas –siempre en plural– del Cock. Faltaban años para que aparecieran el Dry o Le Cabrera, cuando era Le Cabrera. En realidad, Balmoral cerró pronto y nos dejó huérfanos de casi todo: aún, a modo de homenaje, guardamos algún taburete, alguna botella de aquel bar fundacional que en algunos momentos tenía el silencio acogedor de las iglesias. No sabríamos decir cuál fue nuestro primer restaurante, pero es casi seguro que también cerró. Sin embargo, incluso las fatalidades también tienen sus límites, y nuestra primera cava sigue abierta y generosa como siempre de cigarros. Es la cava del Cardenal Cisneros. Me temo que llegamos a ella por Internet aunque como en todas las grandes amistades uno nunca recuerda bien los comienzos.

De Jesús Llano solo puedo decir que hizo lo que Virgilio había hecho con Dante unos siglos antes: nos tomó de la mano y nos fue llevando de un lugar a otro para así trazar una cartografía sentimental del habano. Acababa de ser Hombre Habano y eso para nosotros era como tratar con Miss España. Tiene siempre el aspecto de acabar de ducharse y la misma piel lustrosa que conservan sus habanos. Le gustaba dejar clara una joie de vivre relajada, sin un solo asomo chabacano. Nos vería entrar con cara de no saber siquiera cómo encender una cerilla, lo cual no le impidió tratarnos como a gente perfectamente seria y enseñarnos como si no nos enseñara, como quien repasa la lección en voz alta delante de sus hijos.

Se puede decir poco de aquella cava que no haya sido dicho ya. Recuerdo nuestra ilusión al entrar en esa habitación, perfectamente humectada, con unas hojas de tabaco colgadas que le servían a Jesús como el termostato más fiable. Allí todos los puros estaban a la vista, con sus sonoros nombres bien clasificados, como una biblioteca del placer. Un olor a madera y humedad se impregnaba en el olfato. Jesús no guiaba nuestro juicio a una marca u otra de manera que gracias a ello pudimos probar tantas cosas que nunca jamás hubiéramos probado: aquellos Rey del Mundo que entonces no nos disgustaban, o los Slenderellas de Rafael González, que ya son historia. Por indicación suya nos regalaron la selección de 5 pirámides que acababa de salir al mercado. Allí vimos a famosos periodistas gastarse varios sueldos en cajas de cigarros y , sobre todo, los primeros puros viejos –puros pre-Castro– que habíamos visto en nuestra vida. Él los guardaba con mimos de madre primeriza y se emocionaba al enseñarnos, por ejemplo, unas vitolas –con sus puros respectivos– de tiempos de la república.

También fuimos testigos de cómo se fueron sobreponiendo a las fatalidades legislativas: de pronto no se podía fumar en los sillones de la cava y aquel saloncito –que para aquello habían hecho– empezó a ser algo inútil; los bares que vendían tabaco con máquina dejaron de poder hacerlo; los impuestos subieron y de pronto también llegó la crisis. Su respuesta fue abrir más horas, seguir siendo tan amables como siempre y agrandar su oferta de puros de otras procedencias –dominicanos sobre todo– para tener una oferta adecuada a la menor capacidad pecuniaria.

Nunca hemos tenido la oportunidad de fumar con él pero a buen seguro que no le faltan anécdotas que contar. Nos hemos mudado de allí pero siempre que pasamos por la plaza de Alonso Martínez, la visita es el placer más obligado: cómo estar agradecidos a quien nos mostró tanta belleza.

Cava Cardenal Cisneros

Calle Hartzenbusch, 11

28010 Madrid

91 445 17 27

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