fratelli d’italia

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Es muy lamentable pero somos bastante neófitos en lo de fumar fuera de España. De Italia apenas nos movemos con soltura por Roma y Florencia. Roma, como todo el mundo sabe, es una ciudad en la que se puede comprar todo y donde a uno le engañan la mitad de las veces. En general un signo de que no se compra filfa es el precio: lo bueno allí es caro siempre. Sin apenas esfuerzo –y huyendo de la exhaustividad– tenemos grandes recuerdos romanos de algunos vinos memorables; de nuestro primer gran prosecco –pero de tantas decepciones con supertoscanos–, de varios días llenos de luz y queso pecorino, de tomates, flores de calabaza y aceites mediterráneos, de zumos de naranja sanguina, de mortadelas cortadas con precisión micrométrica, de cafés profundos como ciénagas, de camparis de reconfortamiento y por supuesto de amaros que son como variaciones imposibles del concepto de amargor. Pero ahora queríamos hablar sobre los puros.

En Roma –y esta es la primera constatación– se fuma mucho. Los mediodías de la primavera romana son ejecutivos –o chóferes o tenderos: allí visten igual– fumando uno de esos cigarros toscanos. Pocas cosas hay más elegantes que un romano, profundamente delgado, con un traje más bien ceñido, dignos como estatuas de dioses antiguos, esperando el semáforo y fumando uno de eso cigarros con forma de trompeta del apocalipsis, esos cigarros que siempre parecen haber tenido un petardo recién explotado.

Tienen una vitola con los colores de la bandera italiana, bandera que –con perdón– es tan frecuente en las etiquetas de salchichones, botellas de limoncello y paquetes de spaguetti que más que nada parece una marca registrada. Los italianos fuman en la moto –fuman elegantemente– haciendo unos equilibrios que no demuestran sino que su “absoluta prioridad” –según dice la guía que compramos hace unos años– es la estética. Son cigarros baratos que están francamente malos y se digieren peor que algunas salsas mexicanas.

En Roma hay una fantástica cava, Fincato, junto a Piazza Colonna, de la que hablaremos otro día. Hoy solo hablaremos de tres cavas pequeñas, todas céntricas, en las que poder calmar el aguijón del fumar. La primera, “Ta…bacco”, es la más completa y está en la plaza de la Pollarola, plaza cuyo nombre es difícil de olvidar por razones obvias. Tiene la ventaja de estar cerca de los vinos viejos de Il Goccetto donde no se puede fumar pero se puede beber como si uno no fuera turista. En la Pollarola hay un corner del habano con 20 o 30 referencias cubanas y algunas dominicanas, además de los citados toscanos. Abren a mediodía y los cigarros están bien porque la cava es como una cabina de hidromasaje con mecánica suiza. No saben de puros y te tratan con desconfianza si no pareces Giorgio Armani. Tardan en cobrar porque cada puro les es desconocido. No tienen novedades ni rarezas italianas pero siempre hay unos Edmundos, los clásicos Montecristo del 4, varios Cohiba y algún Churchill olvidado de Romeo y Julieta. Allí los Open de Montecristo y los Wide Churchill son referencia obligada. Las otras cavas son similares aunque con menos referencias.

Tienen la ventaja de que siempre están abiertas y el inconveniente de que se suelen equivocar al cobrar –ojo, siempre a su favor. Una está en la Piazza Navona, 76 a unos metros de los Caravaggios de Santa Inés. Esta cava ha ido a menos de año en año y donde antes había armarios con habanos ahora hay vitrinas con miniaturas de cristal de Murano –todas hechas en China. Entre el Panteón de Agripa y Santa María sopra Minerva (Via della Minerva 80) hay otra cava de abastecimiento de urgencia. Está junto a una tienda de música que siempre tiene buenos discos (de Dean Martin, Mancini y música hot) y frente a las corbatas de Sciunnach –hechas y pintadas a mano– de un judío encantador. No son baratas, no son discretas, pero siempre son maravillosas. En esta cava hay un armarito con 10 o 15 referencias. Bien conservadas. Ahí venden libros y unos cuantos vinos, todos ellos caros y sin hacer. Como Italia es un país civilizado, se puede fumar bien aunque las tiendas no sepan qué tienen.

 

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