fumar en el coche y otros placeres en extinción

fumar en el coche y otros placeres en extinción

Churchill fumaba entre prueba y prueba, en esos hospitales para ricos de principios del XX. Imaginamos entonces a un enfermero acercándose con un cenicero a la puerta de la sala de rayos X, al médico de cabecera ofreciéndole fuego y quizá un jerez. Y hace unos siglos el feligrés sevillano dudaba sobre la oportunidad de entrar, pongamos por caso, a la misa del domingo con un veguero humeante. Se prohibió fumar en los hospitales hace no tanto tiempo y pronto la Iglesia decidió que no convenía hacerlo dentro de los templos.

Cada vez que alguien sube al coche con el cigarro encendido nos acordamos de estos momentos -y tantos otros: el catedrático en clase con una panetela, el señor elegante: entreacto en una mano, champagne en la otra, en el ambigú del teatro- en los que se podía fumar. Porque aunque está permitido hacerlo en los coches, esta posibilidad tiene, de acuerdo con la lógica actual de las cosas, los días contados.

Una vez dicho esto, debemos ser claros: fumar en los coches es una guarrada. Pero hacerlo de cuando en cuando es una maravilla, siempre que se espacie en la práctica para que dé tiempo al cubículo a orearse. Los que no somos de este mundo tenemos que encontrar el espacio para escuchar a Bramhs o a Ornella Vanoni, hacer crítica de atardeceres y fumar sin ofender ni violentar a nadie. Porque en esta vida no todo es un armagnac centenario y un cuarteto de cuerda en una terraza, no todos son mares del trópico. También hay responsabilidad.

En Roma, por ejemplo, es frecuente que los conductores de moto zigzagueen por las callejuelas con medio toscano en la boca. Y también hemos visto en esa ciudad a conductores recluidos en todas las posibles destilaciones de coches mínimos fumando. Todavía recordamos a un amigo que sólo podía echar un cigarro en sus trayectos de automóvil. Solía fumar, según nos decía, los cazadores de Romeo y Julieta. Eran -ahora no son lo que fueron- unos cigarros serios. Cada vez que pasaba por un control de policía recibía el alto de manera indefectible. Nada nos hace parecer más culpables que fumar en el coche. En cualquier caso, y para que nadie diga que no avisamos, les sugerimos que habiten por un momento en el pasado: fumen un cigarro en su utilitario.

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