hablar de cohiba

hablar de cohiba

Se puede aumentar la venta de cigarros de muchas maneras. Pero desde hace unos años la industria decidió que la mejor forma de hacerlo consistía en inundar el mercado de novedades. En el mundo del habano, por ejemplo, hemos conocido –sin afán de agotar la materia– el nacimiento de la línea “juvenil” Open de Montecristo, las Ediciones Limitadas, los puros “maduros”, las Ediciones Regionales, los cigarros torcidos para La Casa del Habano, los añejados y las reservas. Desde entonces las cavas han pasado a tener configuraciones de creciente barroquismo por obra de las columnas de cajas, de los carteles de venta y de las montañas de cigarros.

Sin embargo, toda esa innovación queda en nada si se compara con aquel luminoso día en que alguien seleccionó los finos tabacos de Cohiba y decidió, además, fermentarlos una tercera vez. Habría que concederle un Nobel a quien por primera vez pensó en hacerle eso al tabaco. Ha pasado algo más de medio siglo. Fue la mañana de la segunda creación.

Son la “selección de la selección”; en ellos se saca lo mejor posible de algo tan sencillo como una hoja de tabaco. Hablar de Cohiba es hablar de almendra y miel, de turrón de jijona, de amontillado y azúcar de caña. No son puros de fortaleza, sino de persistencia. Milagro de sutileza. Parece mentira que en algo que es humo, que es pura combustión, se puedan encontrar tantos matices. Los cohíba no son puros, son otra cosa. Hay en ellos galernas y animales salvajes, que se ordenan a la medida del corazón del hombre. Cohiba es convertir una selva en Viena. Los Lanceros y los Espléndidos. Basta fumar algunos cigarros brutales –los Belicosos de Sancho Panza– para advertir la diferencia entre el orden y el caos, entre la entropía o la creación providencial. Sólo los mejores Davidoff se asoman a la delicadeza recia de los Cohiba (y decir esto, ojo, es decir mucho de Davidoff). Son puros caros hasta el dolor pero lo valen y tenemos el presentimiento de que cada vez irán a más. Hablar de Cohiba es, en fin, hablar de algo tan bueno que no nos lo creemos.

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