la gloria de salomón

la gloria de salomón

Ni Salomón en toda su gloria, dice el texto sagrado, pudo vestirse como los lirios del campo. Y aquello, que a decir verdad hace justicia a la belleza incomprensible de una ladera cuajada de lirios, puede hacer que se pierda la consideración hacia el magnífico Salomón de quien la reina de Saba quedó prendada y cuyo templo, hoy un misterio, fue causa general de admiración.

Ya hemos dicho que admiramos en grado enfático los nombres de los habanos y a la belleza del nombre Salomón debe añadirse su perfecta adecuación con la realidad misma. Si las columnas de un templo tuvieran la forma figurada de estos cigarros hablaríamos de proporciones áureas, de inspiraciones sobre-naturales.

A nosotros nos gusta fumar dos salomones –no simultáneamente, claro–, los Partagás y los Cuaba. Los primeros traen una anilla añadida de la Casa del Habano, lo cual significa que en España se hallarán en los lugares más inverosímiles. Los Cuaba, con ser más frecuentes, han ido a menos y ahora apenas se encuentran. Son cigarros que se venden poco por varias razones: son extremadamente grandes –hablamos de casi dos horas de cigarro– y encierran una cierta dificultad en la fumada: se apagan al menor descuido y tienen momentos de más intensidad junto con momentos más ligeros, todos ellos en un único cigarro. Lo mismo hemos de decir de las diademas, cigarro figurado mayúsculo pero ideal para labores de horas como corregir textos enciclopédicos o escribir unas memorias si se ha sido longevo. Hablaremos de ellos en otro momento.

Además se debe sumar la dificultad de que, a pesar de ser un cigarro de calibre notable, es posible tener problemas de tiro cuando se fuma su parte más estrecha. Pero como ha sucedido con tantos habanos, su forma no obedecía al criterio de ningún arquitecto danés, sino a la realidad de que fumar un cigarro figurado es fumar otra cosa. Ahora nos dicen que los salomones de Partagás están ya fuera del catálogo y que los de Cuaba no se traen a España.

Este cigarro, al igual que en las pirámides, se fuma por la parte más estrecha y por tanto ofrece mayor concentración que los otros. Comienza siendo más suave y torrencial –el de Partagás parece un Lusitanias con cedro y vainilla– y según avanza pasa a ser como un 898: zapatería, cuero y almendra tostada. Los Cuaba son más uniformes en sabor, son más bien una escala de intensidad de chocolate con leche, son una paleta de pintor, un pantonario diríamos hoy. En cada uno hay un microcosmos, un recorrido por la hoja de tabaco. Y sólo cabe esperar que al igual que en tantas otras noticias sobre los habanos, la desaparición de estos cigarros se quede en agua de borrajas.

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