la pluma y los cigarros: el flujo y el reflujo de las olas

la pluma y los cigarros: el flujo y el reflujo de las olas

Ya hemos dejado escrito que en torno a los puros se ha creado un gran patrimonio literario y artístico. Hemos hablado -y lo seguiremos haciendo- de los nombres de los puros, de sus cajas, de la tradición de hacer humidores bellos como palacios. Esta semana inauguramos una serie de textos sobre los cigarros. Y lo hacemos con una de las más bellas definiciones nunca escritas sobre los puros. Es la que escribió Miguel Rodríguez-Ferrer en su obra “El tabaco habano”, publicada en 1851 en Madrid. Es éste un libro de viajes por las vegas tabaqueras cubanas, por sus costumbres y las características de cada una de ellas. En el encabezado  dejaba a las claras la conclusión de su obra: “¿qué pueblo fuma peor tabaco en Europa? España ¿qué nación lo posee mejor en el mundo? España”. Hoy quizá debamos de decir más bien lo contrario.  En lo que no pudo estar más acertado, sin embargo, es en su forma de entender los cigarros:

“Pero entre estas extremos, preciso es reconocerle también [a los puros] los bienes que hemos indicado, ya como un consuelo para el triste, ya como un alivio para el hombre de letras que cree refrescar las meditaciones de su cabeza echando un cigarro, ya para el trabajador mismo que juzga aligerar su faena con fumarse un tabaco. Todo esto pertenecerá a la imaginación, pero no deja de producir un resultado. Y en efecto: la vista del fuego que brilla ante sus ojos como una orla enrojecida sobre el fondo oscuro del tabaco que aspira, la blanca ceniza que aquel va dejando en sus estragos, la nube de humo que sube más o menos diafanizada, a proporción que el fumador abre o cierra la válvula de sus labios; todo esto distrae, absorbe y consuela por cierta relación misteriosa como distrae y consuela el movimiento continuo del agua al que padece de ictericia; y todo esto hace que el fumador se reconcentre se preocupe a veces tanto cómo se preocupa y se reconcentre el hombre con un espíritu involuntario ante el espectáculo del mar, de sus olas, y de su flujo y reflujo. Si a esto agregamos lo que es capaz de unir a esta costumbre una sociedad llena de lujo y de molicie, ya se concebirá fácilmente el placer que tendrán en esta costumbre, los que pueden disfrutar en el invierno de la sociedad de algunos amigos en un gabinete alfombrado, ya oyendo silbar al ábrego sobre sus cristales, ya desafiando su inclemencia ante una bronceada chimenea, un velador con varias tazas de café, y el saboreado gusto de un puro exquisito y aromático”.

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