oportos y habanos (I)

oportos y habanos (I)

No estamos en épocas de pactos a largo plazo, por eso tenemos el miedo de no ser entendidos cuando hablamos de cigarros y oportos. Es sin embargo un ayuntamiento natural y afortunado, un matrimonio que se acompaña tan bien como la ginebra y la tónica o el campari y el atardecer. Por eso, cuando nos encontramos con un fumador que no ha tenido la fortuna de probarlos, nos sucede como cuando hablamos con quien no ha leído, por ejemplo, Macbeth: que envidiamos esa candidez, que nos produce celos pensar en cada paso que aún no han dado. Porque al sumar un habano y un oporto, uno comprueba que el mundo está bien hecho y que las cosas encajan como si hubieran sido dispuestas por una razón superior, benefactora.

A nosotros nos gustan después de comer. El mundo de los oportos es aún más imbricado y complejo que el de los habanos. Y hay excelencia en muchas formas muy distintas. Si uno prevé una comida entre dos o tres amigos, recomendamos un vintage venerable, y es relevante subrayar que no han de ser más de dos o tres amigos, porque -como bien apunta Meredith- “el Oporto nos niega bebernos la botella entera” por la costra tan densa de sus posos. En esto, el oporto es como esas bellezas algo tacañas con su propia hermosura, pero –también como ellas- nos ofrece vislumbres de gloria y complejidad por breve que sea el acercamiento. Aviso previo y necesario es desaconsejar cualquier prisa. Más aún en el tratamiento de la botella: con menos de un mes estacionada en la bodega no debe abrirse. Y esto es un mandamiento cuya infracción es inexcusable: si no, vendrán el llanto y el chirriar de euros.

Si uno tiene el buen gesto de terminar la comida con unos quesos, aconsejamos empezar por ellos y el oporto. Y en ese momento en que se aparcan los quesos, llevarlos lejos, a otra estancia. Así se evita picar atolondradamente de nuevo, y se alejan los olores invasivos. Entonces lo adecuado es esperar unos minutos con el oporto solo, para aclarar el gusto y darle al vino un protagonismo de exclusividad que merece y que no debemos excusar. En el último tercio de botella se puede entonces encender un cigarro: hay una armonía muy sutil en avivar el cigarro conforme el más noble de los vinos va muriendo.

Si la comida ha sido grasa y contundente -y no cabe engañarse: casi siempre lo es- podemos optar por un Lusitanias de Partagás o un Don Alejandro de Robaina, o esos Sir Winston de H. Upmann que nos quitan el sentido. Cigarros de carácter y fortaleza. Entonces el oporto que humillaba a los quesos y añadía mermelada a la, pongamos por caso, crema de la leche cruda de oveja, entonces el oporto que tomado solo nos ofrecía violetas, ciruelas y un alcohol siempre presente, entonces, decíamos, se funde en la madera y en los tostados de los cigarros. Y ahí aparece esa conjunción de sabores que es contraste y en la que uno ennoblece a lo otro. En la paleta del gusto se alterna primero el punzón dulce del vino que se amadera a renglón seguido hasta parecernos turrón. Y uno se sabe partícipe de hallazgos de lo humano: Pinar del Río y Oporto, el Duero y Vuelta Abajo. Y ahí, que nos las den todas.

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