puro bistro, más cigarros en buenos aires (I)

puro bistro, más cigarros en buenos aires (I)

Buenos Aires es ciudad de fumadores. Habría que proponer un sello “smoker friendly” que, sin dudas, podría tener la capital argentina. En otra ocasión ya hablamos de Vuelta Abajo, de Oak Bar y de Prado y Neptuno, clubs de fumadores en el barrio de Recoleta. En la cartografía de los locales bonaerenses merece un lugar especial Puro Bistro.

Se trata de un club en mitad del populoso barrio de Palermo, y esto no es cuestión cualquiera: está rodeado de casas bellamente decoradas, de cafés, de fábricas de pasta, de abarrotes donde se puede comprar salami y botellas de malbec, pero también de barecitos para tomar tragos, de locales de microteatro, de floristerías, de academias de danza y salas de exposiciones. Palermo es un barrio de gente joven y a cada esquina se advierte una pujanza ilustrada, una alegría contagiosa, un ambiente de cultura europea. Y a eso se ha hecho Puro Bistro. Hace años era la Casa del Habano (hoy está en otro lugar: ya se hablará de ella) y, a tenor de su arquitectura, debió de ser un espacio con vocación de aristocracia. Pero hoy es algo muy sencillo y muy inusual: un club de fumadores para gente joven, un club que se ha hecho uno con el lugar donde está. Y eso le da un encanto muy inédito en el mundo hispano.

Puro Bistro consiste en un amplio salón con una barra de bar y una tienda –ambas reducidas– y una cava de cigarros de enormes dimensiones. El local está poblado de mesas redondas y decenas de sillones orejeros en los que uno puede quedarse a vivir. Obsérvese que esos sillones cuando ya son viejos y tienen las hechuras de muchos cuerpos se convierten en los hogares más acogedores. Tienen colores distintos pero están emparejados con inteligencia cromática. La iluminación –como conviene al lugar– es indirecta y más bien tenue. Forma parte de su “carácter palermitano” una desordenada belleza decorativa. Paredes y mesas están decoradas con una arbitraria suma de motivos y elementos –aquí una botella-lámpara de Zacapa, aquí una lámpara-candil de latón dorado– que tienen el encanto de las cosas viejas, como esas casas de la infancia en las que no se sabe bien por qué pero se quiere seguir viviendo. La amabilidad en el trato y la espontánea acogida son, como en todas nuestras experiencias en esta ciudad, seña de la casa.

Aunque el espacio destinado a la cava es mayúsculo, la selección de cigarros no lo es, por más que tengan una oferta mucho más que adecuada. Todos los cigarros se venden por unidades. Tienen sobre todo habanos: fundamentalmente Montecristo, Partagás, Romeo y Julieta, Cohiba (y alguna referencia de Cohiba maduro), Hoyo de Monterrey, Quintero y González Márquez. Y de cada una de ellas se pueden encontrar los cigarros clásicos desde una panetela de González Márquez hasta un churchill de Romeo. Tienen alguna referencia más: unos nicaragüenses (me hablaron de la marca Vuelta Abajo, de la que no habíamos oído hablar y de la que no hemos encontrado referencias en la web). Y ofrecen también unos cigarros que no hacen ellos pero que comercializan en tres formatos con su propia vitola: corona, petit corona y piccolo o panetelas. Nos quedamos con ganas de probarlos. Son cigarros más económicos –recuérdese que los habanos en Argentina son más caros que en España– y cuando nosotros visitamos este club no les quedaban: tener una rotura de stock en el producto estrella indica un éxito notable (y quizá sea elocuente sobre los problemas de importación de este país).

Nótese, además, que hacen algo tan olvidado –y que tanto echamos de menos– como encargar cigarros con la propia anilla: tenemos tantos recuerdos de anillas con letreros como “Compañía Telefónica” o con la anilla de la corona española. Hubo, en fin, tiempos en que las empresas encargaban cigarros para sus propios empleados. Otros tiempos.

Allí se puede comprar tabaco de pipa, picadura y, como signo de ser como es, hasta vimos unas cachimbas en un rincón. La selección de alcoholes es adecuada y uno puede elegir desde un whisky venerable hasta las botellas más comerciales. Nosotros llegamos en la hora feliz. Mostraron entusiasmo por servirnos su gin tonic especial: hablaban de cebollinos y pepino, pero no de la ginebra que usaron. Le añaden pimienta negra molida. Al final no sabíamos si tomábamos un gin o un bloody mary. Lo sirven –y nos parece muy bien– en copa de vino. Resultó un trago refrescante aunque los sensibles a la pimienta pueden acabar con irritación. Los dueños son personas inquietas: organizan eventos y catas. Cada poco uno puede ir allá a probar unos rones y escuchar música. Tienen –y esto sucede en Buenos Aires– público femenino. No se puede uno perdonar una visita a Puro Bistro si pasa por Buenos Aires y quizá, incluso, dos.

Puro Bistro

Thames 1920 Barrio de Palermo (Buenos Aires)

Aquí está su web, aunque la página de facebook está más actualizada

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