regalar cigarros (I): la teoría

regalar cigarros (I): la teoría

Cuando alguien extiende sus manos hacia nosotros -como en ritos olvidados- con una caja envuelta, nos quedan brasas de la excitación de niños en la noche de reyes. Recibir un regalo todavía significa que, a pesar de las leyes de la competencia, de las escuelas de negocio y de los controles de calidad, alguien nos quiere; que somos dignos de una estima personal. Más allá de todos los Paulo Coelho de este mundo, hay un rescoldo de lo mejor de cada uno en sus regalos. Y cada cual recuerda la caja de plata donde su padre guardaba los puros que le iban dando. Allí se amontonaban los don Julián con anillas del “enlace de Antonio y Mari Carmen” y los muy preciados puros cubanos de aquel paciente a quien curó, pongamos por caso, de una alferecía.

Eran los regalos de la clase media agradecida. Cuántas sorpresas no nos habremos llevado al abrir las bodegas de nuestros abuelos. Allí dormitaban cajas de riojas –Riscales y Albinas, Murrietas y Tondonias- que se compraban en Navidad cuando la atención al cliente era una conversación entre personas y no procesos optimizados. Hemos bebido esos vinos 30 años después con el corazón encogido por el afecto y agradecidos a las bodegas que elaboraban gloria a largo plazo. Allí encontramos también cajas de Montecristo del 4 y hasta unos Cazadores de Romeo y Julieta. Había un prejuicio reverente a lo que era bueno, lo que tenía que durar. No eran cosas banales.

Debidamente rescatados de su sequedad, aquellos  resultaron ser los mejores puros. Porque eran el oro de este mundo, pero también eran un significado. Con ellos aprendimos más antropología que en muchas aulas. Mal está el mundo si el agradecimiento se ha convertido en sospecha y si estas palabras saben a literatura de autoayuda. Nota bene: a la hora de regalar al aficionado escrupuloso, mejor asesorarse en una buena cava; la próxima semana daremos nuestras recomendaciones. Los puros, al igual que los regalos, son signos de toda la alegría que podemos sentir, y signos de la muerte que in nuce tiene todo trayecto. Hay un anhelo de que lo mejor no se acabe. No seríamos honestos si huyéramos de esto.

En el gesto de abrir un regalo se encuentran todas las sutilezas del mostrar y no mostrar. Hay una huida del eterno cansancio de lo explícito. Hay una educación moral en gastar el dinero en los otros: unos lo llaman coste de oportunidad; otros preferimos hablar de dar la primacía a las personas.

 

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